martes, septiembre 02, 2008

El pueblo de Monte de Oro no tenía juez. No desde que murió el respetado don Recaredo. Y no era por dejadez, ni así por gusto, ni porque no quisieran. Bien intentaron los principales, después de los lutos, que enviara Lima uno nuevo. Don Carlos, que estudió Leyes en la Universidad de San Marcos y era amigo de juergas del ministro, envió carta informando del triste suceso y pidiendo en su lengua de letrado, llena de habiendo estado desempeñado y siendo el hecho conocido, que envíe el Gobierno, en tiempo y manera oportunos, nuevo magistrado para el servicio y atención de nuestra Audiencia. Pero ni así. Con la guerra primero, y luego que con el ajetreo militar se traspapeló la carta, y después enviarla de nuevo y más tarde el destierro del ministro y luego el golpe de Estado, se acostumbraron en el pueblo a que se reunieran los grandes y zanjasen conflictos, dictasen cárceles y penas y ordenasen prendimientos y libertades. Todo en paz en Monte de Oro, hasta que llegó la minera. Como mucho, un alboroto de los más piojosos quejándose del hambre, que hacía luego que se apreciase mejor la bendición de la calma y la ley de los buenos. Hasta que llegó la minera.

*
Este es el inicio del relato El juez de madera que se publicará en la antología de jóvenes narradores asturianos La edad del óxido (ed. Laria) este próximo otoño.

2 comentarios:

Jenny jirones dijo...

Hum... me suena. Y me suena bien.

Duenda. dijo...

¿y qué paso? ¿y qué pasó? ¿y qué pasó?...

besos!
d.