El pueblo de Monte de Oro no tenía juez. No desde que murió el respetado don Recaredo. Y no era por dejadez, ni así por gusto, ni porque no quisieran. Bien intentaron los principales, después de los lutos, que enviara Lima uno nuevo. Don Carlos, que estudió Leyes en la Universidad de San Marcos y era amigo de juergas del ministro, envió carta informando del triste suceso y pidiendo en su lengua de letrado, llena de habiendo estado desempeñado y siendo el hecho conocido, que envíe el Gobierno, en tiempo y manera oportunos, nuevo magistrado para el servicio y atención de nuestra Audiencia. Pero ni así. Con la guerra primero, y luego que con el ajetreo militar se traspapeló la carta, y después enviarla de nuevo y más tarde el destierro del ministro y luego el golpe de Estado, se acostumbraron en el pueblo a que se reunieran los grandes y zanjasen conflictos, dictasen cárceles y penas y ordenasen prendimientos y libertades. Todo en paz en Monte de Oro, hasta que llegó la minera. Como mucho, un alboroto de los más piojosos quejándose del hambre, que hacía luego que se apreciase mejor la bendición de la calma y la ley de los buenos. Hasta que llegó la minera.
*
Este es el inicio del relato El juez de madera que se publicará en la antología de jóvenes narradores asturianos La edad del óxido (ed. Laria) este próximo otoño.
martes, septiembre 02, 2008
martes, agosto 19, 2008
Un policía estaba haciendo su ronda. En un puente, al otro lado de la barandilla, había una mujer.
-Señora -dijo el policía- ¿Qué está haciendo?
-Verá, -respondió ella- es que quiero volar.
El policía se quedó pensando un momento y luego dijo
-Perfecto. Muéstreme el permiso.
-¿El permiso?¿Qué permiso?
-El permiso de vuelo, claro -la mujer se quedó en silencio-. ¿No tiene?
-No. No sabía que hiciera falta.
-En ese caso no puedo permitirle volar. En serio, si lo hace tendré que multarla. Pero tiene solución.
-¿Ah, sí? ¿Cuál?
-Verá -dijo el policía, sacando su libreta-. Tengo un amigo que expide permisos de vuelo. Ha tenido usted suerte.
El policía escribe en la libreta, arranca la hoja y se la extiende. La mujer cruza la barandilla y recoge la nota.
-¿Y qué hago? -pregunta, mirando la dirección.
-Acuda mañana a primera hora y dígale a mi amigo que yo la he enviado. Así podrá saltarse los trámites.
-Buenos días. He venido por el permiso de vuelo- dice la mujer, entrando en una sala de paredes blancas.
- Adelante-dice el funcionario-. ¿Viene de parte de mi amigo el policía?
- Sí. Es un hombre muy amable.
- Es cierto. Bueno, creo que tengo un hueco para usted los jueves a las cinco de la tarde.
- ¿Cómo? No, no me ha entendido. Sólo quiero el permiso de vuelo.
- Lo sé. Pero entienda, señora, que esa licencia no se da así por las buenas. Empiece a venir este jueves y en poco tiempo tendrá el permiso.
Y así el policía y su amigo psiquiatra consiguieron que la mujer se quedara, si no en el lado de los cuerdos, al menos sí en el de los vivos.
-Señora -dijo el policía- ¿Qué está haciendo?
-Verá, -respondió ella- es que quiero volar.
El policía se quedó pensando un momento y luego dijo
-Perfecto. Muéstreme el permiso.
-¿El permiso?¿Qué permiso?
-El permiso de vuelo, claro -la mujer se quedó en silencio-. ¿No tiene?
-No. No sabía que hiciera falta.
-En ese caso no puedo permitirle volar. En serio, si lo hace tendré que multarla. Pero tiene solución.
-¿Ah, sí? ¿Cuál?
-Verá -dijo el policía, sacando su libreta-. Tengo un amigo que expide permisos de vuelo. Ha tenido usted suerte.
El policía escribe en la libreta, arranca la hoja y se la extiende. La mujer cruza la barandilla y recoge la nota.
-¿Y qué hago? -pregunta, mirando la dirección.
-Acuda mañana a primera hora y dígale a mi amigo que yo la he enviado. Así podrá saltarse los trámites.
-Buenos días. He venido por el permiso de vuelo- dice la mujer, entrando en una sala de paredes blancas.
- Adelante-dice el funcionario-. ¿Viene de parte de mi amigo el policía?
- Sí. Es un hombre muy amable.
- Es cierto. Bueno, creo que tengo un hueco para usted los jueves a las cinco de la tarde.
- ¿Cómo? No, no me ha entendido. Sólo quiero el permiso de vuelo.
- Lo sé. Pero entienda, señora, que esa licencia no se da así por las buenas. Empiece a venir este jueves y en poco tiempo tendrá el permiso.
Y así el policía y su amigo psiquiatra consiguieron que la mujer se quedara, si no en el lado de los cuerdos, al menos sí en el de los vivos.
jueves, abril 10, 2008
domingo, marzo 16, 2008
Los dioses ven el mundo del color del pelo de la mujeres rubias, del color de la luz de los atardeceres. Por eso nada les preocupa. Por eso viven magnánimos y alegres.
Un día los hombres llegaron a las praderas donde habitan los dioses. Les miraron con curiosidad los inmortales desde los árboles, desde los ríos, desde los montes. Aquellas criaturas eran extrañas.
No eran animales, pero morían. No eran dioses, pero tenían su apariencia y su entendimiento.
Reunidos en consejo, acordaron los dioses seguir observándolos con prudencia y volver a encontrarse cuando hubiesen aprendido más acerca de aquellos extraños seres, para decidir entonces cómo actuar.
Pasado un tiempo, volvieron los inmortales a su asamblea. Todos hablaron, emocionados, de sus descubrimientos. Los hombres eran seres fascinantes y contradictorios. Pensaban con la claridad de los dioses, pero a veces eran mezquinos. Podían amar como los dioses, pero temían al amor. Llevaban en el corazón la alegría de los dioses, pero en ocasiones la tristeza les anegaba las venas.
Los inmortales estaban preocupados. Habían tomado cariño a aquellos seres. Querían ayudarlos, pero no sabían cómo. Después de mucho pensar, decidieron que uno de ellos entraría en el cuerpo de un hombre para conocer los secretos de su alma.
El hombre elegido estaba trabajando la tierra cuando notó que el pecho se le hinchaba. Sintió su alma más grande, su corazón más alegre y su intuición más penetrante. Dejó los aperos y cantó. Luego se fue por los caminos contando a todos el mundo nuevo que había encontrado dentro de su sangre, haciéndolos participar de él. Cuando el dios se marchó, algo de su naturaleza quedó en el hombre. Dicen que así nació el primer poeta.
El dios aventurero, regresando entre los suyos, explicó su descubrimiento. Los hombres eran a veces mezquinos porque, al andar pegados a la tierra, se les llenaban los ojos de polvo y todo lo veían, y lo juzgaban, rastrero y sucio.
Y los dioses encontraron la solución. Tomaron el color del pelo de las mujeres rubias, la luz de los atardeceres y crearon una bebida que engrandecía el alma y limpiaba el corazón. Así nació la cerveza, regalo de los dioses. Para que también los hombres vieran el mundo color de oro.
Un día los hombres llegaron a las praderas donde habitan los dioses. Les miraron con curiosidad los inmortales desde los árboles, desde los ríos, desde los montes. Aquellas criaturas eran extrañas.
No eran animales, pero morían. No eran dioses, pero tenían su apariencia y su entendimiento.
Reunidos en consejo, acordaron los dioses seguir observándolos con prudencia y volver a encontrarse cuando hubiesen aprendido más acerca de aquellos extraños seres, para decidir entonces cómo actuar.
Pasado un tiempo, volvieron los inmortales a su asamblea. Todos hablaron, emocionados, de sus descubrimientos. Los hombres eran seres fascinantes y contradictorios. Pensaban con la claridad de los dioses, pero a veces eran mezquinos. Podían amar como los dioses, pero temían al amor. Llevaban en el corazón la alegría de los dioses, pero en ocasiones la tristeza les anegaba las venas.
Los inmortales estaban preocupados. Habían tomado cariño a aquellos seres. Querían ayudarlos, pero no sabían cómo. Después de mucho pensar, decidieron que uno de ellos entraría en el cuerpo de un hombre para conocer los secretos de su alma.
El hombre elegido estaba trabajando la tierra cuando notó que el pecho se le hinchaba. Sintió su alma más grande, su corazón más alegre y su intuición más penetrante. Dejó los aperos y cantó. Luego se fue por los caminos contando a todos el mundo nuevo que había encontrado dentro de su sangre, haciéndolos participar de él. Cuando el dios se marchó, algo de su naturaleza quedó en el hombre. Dicen que así nació el primer poeta.
El dios aventurero, regresando entre los suyos, explicó su descubrimiento. Los hombres eran a veces mezquinos porque, al andar pegados a la tierra, se les llenaban los ojos de polvo y todo lo veían, y lo juzgaban, rastrero y sucio.
Y los dioses encontraron la solución. Tomaron el color del pelo de las mujeres rubias, la luz de los atardeceres y crearon una bebida que engrandecía el alma y limpiaba el corazón. Así nació la cerveza, regalo de los dioses. Para que también los hombres vieran el mundo color de oro.
Tradición celta.
miércoles, julio 11, 2007
El visitante se alegró de encontrar, en aquella noche de lluvia, un hotel con habitaciones libres.
- Suba a ducharse, está empapado. Ahora envío a un mozo con sus maletas.-dijo el recepcionista.
La habitación era sencilla, más propia de un celda de monje. Pero era acogedora, y un lugar caliente donde pasar la noche.
- Adelante.- dijo el visitante, saliendo de la ducha con una toalla a la cintura.
- Sus maletas, señor.-dijo el empleado.
- Gracias. Ha sido una suerte que tuviesen espacio en una noche como esta.-comentó el visitante mientras alargaba al joven una propina.
- La gente de los alrededores no suele alojarse aquí. Sabe, esto era un manicomio. Hasta que se marcharon los médicos.
-¿Y qué fue de los locos?-preguntó el visitante, distraído en abrir sus maletas.
Mientras cerraba la puerta al salir, al empleado respondió:
- Nos quedamos.
- Suba a ducharse, está empapado. Ahora envío a un mozo con sus maletas.-dijo el recepcionista.
La habitación era sencilla, más propia de un celda de monje. Pero era acogedora, y un lugar caliente donde pasar la noche.
- Adelante.- dijo el visitante, saliendo de la ducha con una toalla a la cintura.
- Sus maletas, señor.-dijo el empleado.
- Gracias. Ha sido una suerte que tuviesen espacio en una noche como esta.-comentó el visitante mientras alargaba al joven una propina.
- La gente de los alrededores no suele alojarse aquí. Sabe, esto era un manicomio. Hasta que se marcharon los médicos.
-¿Y qué fue de los locos?-preguntó el visitante, distraído en abrir sus maletas.
Mientras cerraba la puerta al salir, al empleado respondió:
- Nos quedamos.
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